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Carolina Herrera, más que elegancia, un estilo

La diseñadora venezolana se despidió con naturalidad de la pasarela neoyorquina donde transcurrió su carrera. Allí deja la impronta de lo femenino

MAYTE NAVARRO |  15 de abril de 2018

Carolina Pacanins Niño de Herrera Guevara es su nombre pero simplemente se le conoce como Carolina Herrera en el mundo de la moda, donde incursionó cuando ya era una mujer adulta, sin embargo su relación con el estilismo y el diseño comenzó desde la infancia. Para ella los nombres de Lanvin y Balenciaga formaban parte de su vocabulario y de su entorno desde que era una adolescente.  Esta cotidianidad tan especial fue su escuela, que no sólo le proporcionó ganarse un lugar en el mundo de la moda sino el de formar parte de la lista de las mejores vestidas del mundo. Antes de saborear la fama ya frecuentaba los lugares para encontrarse con sus amigos que eran celebridades y aristócratas. Para ella el jet set siempre ha sido otro capítulo de su rutina. Studio 54, la discoteca más famosa de todos los tiempos, le abría sus puertas con la misma amabilidad como lo hacía con Mick Jagger y  estaba en la lista de las eternizadas en la obra de Andy Warhol. Con su esposo, Reinaldo Herrera Guevara, forma un binomio eternamente invitado a los grandes saraos, pero  también ha disfrutado de la intimidad y no ha dejado espacio para que curiosos insolentes tengan acceso. Para ella la discreción es parte del buen gusto.

La princesa Margarita de Inglaterra, los Rothschild y los Agnelli conformaban ese círculo íntimo de amistades donde Carolina brillaba con luz propia. La frase pronunciada por un  cronista de  aquella época describe a plenitud su presencia, pues al narrar su entrada a alguno de los lugares que frecuentaba dijo que  era "como si el Mar Rojo se hubiese abierto".

La señora Herrera, como la llaman muchos, ha sido noticia en cada una de sus colecciones y sus piezas han formado parte del vestuario de primeras damas como Jacqueline Kennedy, Nancy Reagan y Michelle Obama; o de reinas, como Letizia de España, quien  atesora sus vestidos y accesorios. Toda esta fama y comodidades que ha sabido disfrutar desde su juventud no la atrapó y encerró en una segura zona de confort, sino todo lo contrario, la inspiró para el trabajo y supo aprovechar las amistades para  que la orientaran, una de ellas fue Diana Vreeland, gran editora de moda.

Este año su colección suscitó emociones y curiosidad pues con ella cerraba un ciclo de su vida de diseñadora ya que se dedicará a otra faceta, el ser embajadora de la marca Carolina Herrera, lo que quizás la haga ausentarse con más frecuencia de su oficina de la Séptima Avenida de Nueva York para asumir otro rol, donde la disciplina y la precisión no estarán ausentes.

Si su vida se reuniera en capítulos, el correspondiente a los años 80 sería muy interesante pues fue en esa década cuando presentó su primer desfile, recibió sus primeros reconocimientos y Estados Unidos la adoptó como propia. Vistió desde a Anna Winter hasta Carolina Kennedy, quien la catapultó a la fama pues confió en ella para su traje nupcial.

No es ajena a lo que sobre ella se escribe, y no todos esos textos han estado siempre cargados de alabanzas. Hoy la crítica la ha llegado a calificar como la última dama de la moda porque ha sabido manejar la innovación pero siempre alejada de la vulgaridad, entendida esta como sólo como una expresión estética, sin ninguna carga moral. Otro aspecto relevante de su trabajo es la atemporalidad de sus propuestas,  estableciendo que la moda verdadera va más allá de las tendencias y que no está hecha para satisfacer caprichos pasajeros y  aunque sus vestidos han desfilado por la alfombra roja, su preocupación supera ese instante. Lo ratificó en una oportunidad cuando lanzó esta declaración: "No puedes dejar que tu vida corra por la alfombra roja: eso solo es un momento. Si diseñas solo para la alfombra roja, deberías retirarte".
El otoño para despedirse



Algunas veces cuesta decir la palabra "última" y no porque se esté condicionado por sentimientos atávicos  sino porque cuando se ama lo que se hace, a veces quienes dicen adiós no siempre lo hacen de manera definitiva y en determinado momento deciden regresar sobre sus pasos. Por eso hablar de la última colección de la diseñadora Carolina Herrera podría resultar arriesgado, sin embargo ella es mujer de una palabra, por otra parte aclaró que no se trataba de una despedida sino de un cambio de actividades. 72 desfiles marcan la historia de Carolina Herrera y  el que cerró esta etapa de su historia corresponde a la temporada otoño/invierno 2018/2019, una estación que para Carolina Herrera ha dejado de ser nostálgica e introvertida  para llenarse de color y traer nuevas propuestas.

Wes Gordon sucederá a esta mujer que llegó a la moda no como costurera, ya que una vez aclaró que no sabía ni pegar un botón, sino por puro instinto. La casa española Puig, dueña de la marca, seleccionó a un hombre como heredero, con una trayectoria poco dilatada en ese sector.

Pero hablemos de la colección que tuvo en primera fila al esposo y a las hijas de la venezolana que en su oportunidad fue honrada como uno de los ejemplos a seguir por los ciudadanos norteamericanos. El escenario fue el MOMA, uno de los símbolos de la "Big Apple".

Sin ser una retrospectiva hay en esta colección un guiño a esos detalles que han dado prestigio a Carolina Herrera. El blanco y el negro, combinación de la eterna sofisticación, faldas midis y  maxis, en esta oportunidad encarnadas en tafetán de colores nada tímidos para destacar su prenda fetiche, la blusa blanca. Algunos trajes para la noche llevaban el acento en las mangas, pieza que en sus comienzos tuvo cierto protagonismo. También estuvieron las plumas para subrayar ese toque femenino y sofisticado que le ha valido el título de la última dama de la moda.

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