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Un padre, un hermano, un amigo

EDUARDO RODRÍGUEZ |  18 de marzo de 2018

Trino Jiménez.

Tempranamente aprendí el valor de la palabra como herramienta para esculpir la base de la personalidad y la imagen que proyectamos ante los demás. Algo que hoy suelo llamar la marca personal, ese valor que agregamos a nuestra manera de comunicar y de relacionarnos. Una forma de actuar que nos hace únicos y duraderos en memorias ajenas. Crecí seducido por el ejemplo de mis padres y luego la vida ha sido generosa conmigo para mostrarme sucesivamente testimonios heroicos de calidad humana basados en la solidaridad. Desde mi niñez hasta hoy he contado con grandes maestros de vida.

Esas referencias que escogemos para inspirarnos, muy selectivamente, se hacen parte nuestra y quedan dentro de uno por siempre, como un recurso orientador de la conciencia. Trino Jiménez es un excepcional caso que nunca deja de conmoverme. Su capacidad para dar no tiene límites; algo que adquiere una importancia superior cuando alguien tiene tantas virtudes para compartir. La gente que se hace especial e imprescindible tiene una capacidad inagotable para sorprenderte. Así es Trino.

Lo conocí inicialmente como hombre muy respetado en el ámbito musical. Es compositor, arreglista, cantante, instrumentista y productor dentro de una carrera macerada en la formación académica. Se graduó como director de orquesta. Sus partituras han llegado muy lejos en el planeta para ser ejecutadas en importantes auditorios. Tuve la oportunidad de entrevistarlo varias veces cuando promocionaba algunos de sus conciertos.

Como pasa tantas veces, un hermoso trance emocional me llevó hasta él nuevamente gracias a ciertas casualidades, pero esta vez con una inquietud muy distinta. Ahora, sin saberlo, la vida nos unía para emprender caminos de profunda compenetración. Mi amor por una perrita de raza Golden Retriever me llevó a toparme con una capacidad personal para componer música. En medio de la interacción sublime de nuestros paseos, un día me vi tarareando una canción relacionada con mi amada Dona, el nombre de mi mascota. Así empezó todo. Me comprometí con ese tarareo hasta hilvanar completamente una canción que titulé "Dona y yo", a ritmo de swing. Después compuse "El perro de la calle" en modo de balada. Mi corazón y mi mente me sorprendían y no sabía qué hacer. Nunca estudié nada relacionado con la música.

Un día se lo comenté a Alexandra Silva, la novia de Trino y compañera en Venevisión para el momento y ella me dio una luz determinante: "habla con Trino para que te ayude". Le hice caso. Trino me atendió con gran humildad. Nos vimos en su estudio de grabación y comenzamos a trabajar. Desde entonces, hace unos cuatro años, me conduce en mi acercamiento a la música. De su mano he compuesto 15 canciones y hemos realizado 3 conciertos a casa llena en salas como el BOD, incluyendo presentaciones en varios programas de televisión como Sábado Sensacional en Venevisión y Especial con Ly Jonaitis en Televen. En un concierto canté mis canciones con la dirección y los arreglos de Trino, junto a Luis Silva, Goyo Reyna, Eddy Marcano, Daniel Somaroo, Los Hermanos Rodríguez, Juan Miguel, Guasak 4 y Rafael "Pollo" Brito, además de grandes instrumentistas como Miguel Delgado Estevez, Chipi Chacón, Eric Chacón, Pedro Vilela, Charles Peñalver, Corrado Cammisuli y Carlos Luis Chávez, entre otros.

Trino es mi héroe. Somos una comunión de amor y compromiso ante nuestras ideas en el mundo de la música, que voy descubriendo gracias a su solidaridad. Me llena de orgullo la reacción de grandes músicos de cualquier generación cuando menciono su nombre. Unánimemente todos reaccionan con el mismo respeto, con la misma admiración. Trino Jiménez es una marca más vigente que nunca, asociada a una calidad indiscutible. Es un  gigante de talento y de humanidad. Es mi padre, mi hermano y mi amigo de la música y la vida.

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